Llueve. Me mojo. Corro agitada. Por la edad de hierro, por el barro. Huyo de los perros y los hombres. Una gota se detiene ante mis ojos y los veo en el reflejo: vienen a caballo. La velocidad excita la antorcha de los captores como el agua alimenta mis pasos y hace harapos en mi vestido paisano. Más rápido. Escapo del brillo del hacha y del grito de un orco. Del poder, del bruto, de la regla que sirve de vara. Me ladran y corro del fuego con que quieren abrazarme, hasta que el bosque se vuelve prado, y el prado acantilado. Ante el fin corro más fuerte y salto. La sangre de mis pies me une a la tierra un último instante. Ahora libre. Sólo yo sé dónde caigo.

A.

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