La noche respira, sopla

extática a mi oído.

Con los hijos dormidos, en su cueva

la serpiente; quieto el paraíso.

Sumerjo los platos en un baño de espuma.

Rebalsa. La grasa, mi cintura,

se disuelve en detergente.

Piso el charco que brotó de un suspiro.

Ahora seco

con mi ropa, ya en el piso.

Le sonrío,

apretando los dientes mientras me toma por la espalda y

aliviada

se lo digo.

Bienvenida soledad.

A.

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