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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

Month

October 2016

despacio

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te

Quien quiera que seas, te extraño. Pelo desconocido, piel ajena, nuevo aliento. Quiero lo que no se y no veo.

la

Una mano que baila sobre otra por los caminos de huesos y venas, protuberan. Avanza llevada por la muñeca y la vestimenta no la frena. Ella piensa que de pensar no es momento. Le vienen los flashes de arena entre los dedos, entre los pelos. Arena que se escurre llevada por el viento y chisporrotea en el fuego. Chispas al alba, ahí nomás, cerca de la espuma y la sal que se acumula en la orilla. El oleaje acompaña los tambores. Quiere mirar si alguien más percibe el movimiento de su cadera. Pero la empuja la de atrás si lo interrumpe. Se desbalancea si frena. El pulso se acelera y anticipa una prueba para sus pies, como si fueran ajenos, movidos por olas invisibles, irresistibles. Marioneta de los tambores, da pasos rítmicos y elásticos mientras la luz descubre la bruma, la espuma ahora brilla, cristales de sal en el vello. Son rojos los pasos que llegan al mar, de brasas, de sangre que baja y se disuelve, al fin, en el agua salada.

qué

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“esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos margaritas
¿por qué?
¿por qué qué?
¿por qué grita esa mujer?”

Se te ve bien me dijiste. 

Serán mis flores, pienso. 

en rojo

​Tanto mirarte, extraño,  para después ni acordarme de vos. Te miré sin verte. Recorrí tus líneas que no existen,  unas líneas que yo inventé. Ese límite entre dos partes tuyas,  ese borde donde termina tu ojo y empieza tu cachete,  donde dejo de ver tu camisa y empieza tu cuello. Me quedó tu dibujo que ni sé cuánto se parece a vos. Mi mano fue fiel al ojo,  no a vos. Quizás sólo le importaron tus bordes. Sólo el vacío entre tu camisa y tu cuello,  entre vos y ese otro pasajero,  entre vos y yo.

C. 

descalzarse

Taconeo por un camino alfombrado, iluminado. Las cosas no dichas se van adhiriendo a la suela y arrastran pedazos de alfombra y con ellos se viene la edad perdida, el sueño inconcluso, camisones gastados que fueron remeras una vez. Horas no dormidas, perdidas en el espejo, la queja, las listas pendientes, todas. Se van acortando los pasos por el peso de esta caminata. Llegan los gritos a los hijos que se cuelgan de los tobillos como lianas. Y llevo miradas pegajosas, ideas obscenas que forman un barro con los prejuicios, las angustias propias y ajenas. La violencia cotidiana, la lejana, la tolerada para que las cosas se hagan, no se hagan; la dolorosa. Los tacos se llevan clavados pedazos de papel de la sección policiales y las preguntas por la ley, a quién, por qué. Propiedades. Aviones. Empresas. Bancos. A esta altura llevo puestos caracoles, hojas secas y podridas. El tamaño de lo arrastrado arranca hasta árboles talados, transgénicos, contaminados. Es evidente que ya no avanzo, que llevo una montaña de basura en cada pie. Sólo queda seguir descalza, al fin dejar estos zapatos para seguir caminando.

A.

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