Taconeo por un camino alfombrado, iluminado. Las cosas no dichas se van adhiriendo a la suela y arrastran pedazos de alfombra y con ellos se viene la edad perdida, el sueño inconcluso, camisones gastados que fueron remeras una vez. Horas no dormidas, perdidas en el espejo, la queja, las listas pendientes, todas. Se van acortando los pasos por el peso de esta caminata. Llegan los gritos a los hijos que se cuelgan de los tobillos como lianas. Y llevo miradas pegajosas, ideas obscenas que forman un barro con los prejuicios, las angustias propias y ajenas. La violencia cotidiana, la lejana, la tolerada para que las cosas se hagan, no se hagan; la dolorosa. Los tacos se llevan clavados pedazos de papel de la sección policiales y las preguntas por la ley, a quién, por qué. Propiedades. Aviones. Empresas. Bancos. A esta altura llevo puestos caracoles, hojas secas y podridas. El tamaño de lo arrastrado arranca hasta árboles talados, transgénicos, contaminados. Es evidente que ya no avanzo, que llevo una montaña de basura en cada pie. Sólo queda seguir descalza, al fin dejar estos zapatos para seguir caminando.

A.

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