Las malezas serían plantas que nadie puso ahí donde crecen. No obedecen. No gustan. Se las suele arrancar, cortar o envenenar para permitir que otras plantas, estas sí puestas por alguien, desarrollen sus flores y formas atractivas. Son fuertes, espontáneas, crecen en el momento justo y mueren también. Tienen flores, semillas y hojas, hasta tallos y raíces. Atraen y alojan pájaros y bichos. Igual que otras plantas que no son consideradas malas hierbas. Lo se porque mi jardín está poblado de ellas. Nunca pensé en matarlas. Más bien observarlas. Admiré cómo se regulan y respetan unas a otras. Empecé a saludarlas. Una día las acaricié. Otro las olí. Luego las mastiqué y refregué en los almohadones, las usé de baño y de cama. Descubrí sus propiedades y deseos de luz. Se fueron apoderando de grietas y agujeros profundos. Hasta que empezaron a crecer desde adentro. Y la desaparición de las flores y formas conocidas esparció las semillas de un renacimiento. Comprendí que porque no obedecen, no gustan. Podría haberlas incendiado para que el jardín agrade y crezca cuidadosamente planificado. Entonces no tendría esta selva de sabiduría invisible.

 

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