Olvido cada palabra repetida y gastada;  todas las habladas, las apilo en la entrada a mi templo, sobre todo escupo las no dichas, podridas entre los dientes. Todas para el viento. Entrego hasta la primera mirada de los hijos y me libero de ser quien pienso. Que el sentimiento se lave todo en algún mar, donde me meta y no sepa si soy alga, sirena o parte del agua. O seré la fuerza de la onda que hamaca la sal disuelta. O una ola que perdió el origen del movimiento. No llega la luz donde busco. Al fin me pierdo. Suelto hasta el cuerpo. Y empiezo de nuevo, sola, tenue, como la luz de una brasa acabada.

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