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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

la

Una mano que baila sobre otra por los caminos de huesos y venas, protuberan. Avanza llevada por la muñeca y la vestimenta no la frena. Ella piensa que de pensar no es momento. Le vienen los flashes de arena entre los dedos, entre los pelos. Arena que se escurre llevada por el viento y chisporrotea en el fuego. Chispas al alba, ahí nomás, cerca de la espuma y la sal que se acumula en la orilla. El oleaje acompaña los tambores. Quiere mirar si alguien más percibe el movimiento de su cadera. Pero la empuja la de atrás si lo interrumpe. Se desbalancea si frena. El pulso se acelera y anticipa una prueba para sus pies, como si fueran ajenos, movidos por olas invisibles, irresistibles. Marioneta de los tambores, da pasos rítmicos y elásticos mientras la luz descubre la bruma, la espuma ahora brilla, cristales de sal en el vello. Son rojos los pasos que llegan al mar, de brasas, de sangre que baja y se disuelve, al fin, en el agua salada.

qué

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“esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos margaritas
¿por qué?
¿por qué qué?
¿por qué grita esa mujer?”

Se te ve bien me dijiste. 

Serán mis flores, pienso. 

en rojo

​Tanto mirarte, extraño,  para después ni acordarme de vos. Te miré sin verte. Recorrí tus líneas que no existen,  unas líneas que yo inventé. Ese límite entre dos partes tuyas,  ese borde donde termina tu ojo y empieza tu cachete,  donde dejo de ver tu camisa y empieza tu cuello. Me quedó tu dibujo que ni sé cuánto se parece a vos. Mi mano fue fiel al ojo,  no a vos. Quizás sólo le importaron tus bordes. Sólo el vacío entre tu camisa y tu cuello,  entre vos y ese otro pasajero,  entre vos y yo.

C. 

descalzarse

Taconeo por un camino alfombrado, iluminado. Las cosas no dichas se van adhiriendo a la suela y arrastran pedazos de alfombra y con ellos se viene la edad perdida, el sueño inconcluso, camisones gastados que fueron remeras una vez. Horas no dormidas, perdidas en el espejo, la queja, las listas pendientes, todas. Se van acortando los pasos por el peso de esta caminata. Llegan los gritos a los hijos que se cuelgan de los tobillos como lianas. Y llevo miradas pegajosas, ideas obscenas que forman un barro con los prejuicios, las angustias propias y ajenas. La violencia cotidiana, la lejana, la tolerada para que las cosas se hagan, no se hagan; la dolorosa. Los tacos se llevan clavados pedazos de papel de la sección policiales y las preguntas por la ley, a quién, por qué. Propiedades. Aviones. Empresas. Bancos. A esta altura llevo puestos caracoles, hojas secas y podridas. El tamaño de lo arrastrado arranca hasta árboles talados, transgénicos, contaminados. Es evidente que ya no avanzo, que llevo una montaña de basura en cada pie. Sólo queda seguir descalza, al fin dejar estos zapatos para seguir caminando.

A.

regando el tiempo con tu recuerdo

 

duermen

La noche respira, sopla

extática a mi oído.

Con los hijos dormidos, en su cueva

la serpiente; quieto el paraíso.

Sumerjo los platos en un baño de espuma.

Rebalsa. La grasa, mi cintura,

se disuelve en detergente.

Piso el charco que brotó de un suspiro.

Ahora seco

con mi ropa, ya en el piso.

Le sonrío,

apretando los dientes mientras me toma por la espalda y

aliviada

se lo digo.

Bienvenida soledad.

A.

círculo 

Qué se yo por qué renazco. Puede ser por la estación o por el sol que insiste en volver cada día. Hay algo en los ojos de los hijos a la mañana, que traen sabiduría de las estrellas. Hay un comienzo en cada inspiración, al sacar la basura, y especialmente cuando lustro la pava. Algo nuevo empieza. Como cuando paso a usar los libros como bloques y los ordeno por color y tamaño, ya no por autor o tema. Paso un trapo al estante y me vuelvo a encontrar con una carta que ya había vuelto a esconder, y vuelvo a no leer porque sé dónde me vuelve a llevar. Está escrita con mi letra. ¿Cuantas veces estuve en ese lugar? Tantas como las muertes necesarias y los sorprendentes nacimientos que cuento. Ya morí cuando nací – le conté a mi madre cuando pude hablar. Ya morí en la ultima espiración. Ahora solo siento el dolor de los huesos brotando en la tierra, o quizás sea el vacío hasta la próxima inhalación o una flor naciéndome del polvo acumulado en cada ángulo. Así que cuándo renazca, que se yo. Lo sabré cuando mi cuerpo, mi casa, la mugre, los libros, la luna, o el peso del día en los ojos de los hijos me pidan volver a morir. O a dormir. O poner un lavarropas. O un suspiro.

A.

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