Search

ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

Paisaje sin nombre

El frío o la oscuridad retrasan la búsqueda.  Hola yo. Dónde, yo. Alguien suspira, se encharca, se hunde en el barro. Sin yo. Una mano guarda todavía calores inútiles para un pantano. Huellas frescas emanan vapores. Apenas vislumbro el rocío en las hojas. Quien liba es algún otro. O yo soy.

profesores I

No se de qué habla una escritora cuando dice que crear no es imaginación, es poseer la realidad. En la facultad, una profesora de literatura habló de ese texto, y después se refirió a la frivolidad grasosa con que esa misma escritora llenaba una página hablando de la belleza de un florero. Y a mi me conmovió. No tanto lo que decía, sino esa mujer diminuta  y movilizada por una flor escrita que era mi profesora. Yo la admiraba porque venía a dar clases sin corpiño y con una línea marrón dibujada sobre los ojos. Pasaba horas – toda su clase – tratando de descifrar qué expresión habría querido darse ese día con el maquillaje, lo que resultaba una estrategia perfecta para distraer a los alumnos del detalle de la ausencia de corpiño. Porque no era yo la única que notaba que de su cuerpo cilíndrico y corto protuberaban brazos y apenas pezones que, arriesgo, eran de madre. Todos seguíamos las líneas imaginarias que éstos trazaban con cada movimiento, mientras desplegaba un abanico de posiciones sobre el escritorio, de incomodidad obvia para una lectura y una clase poblada de universitarios. Era alegre y no podia esconder el gozo que le daban las cosas ridículamente intelectuales. Años más tarde la encontré tomando café. Me invitó a sentarme con ella. Charlamos con fluidez sorpresiva. Noté que la línea sobre sus ojos había cambiado de color; ahora era azul. Y que yo había pasado toda la hora queriendo integrar esa línea con su cara, buscando una armonía que no iba a llegar. En un momento en que la charla abrió alguna puerta escondida, yo no aguanté más. Pedí permiso y estiré el brazo para tratar de borrar la línea azul con el dedo. Ella agradeció con alivio y docilidad. Yo terminé mostrándole que mis pezones, como los de ella, eran de madre. Compartimos también otras huellas de los hijos en el cuerpo y tantas lecturas, de ahí en más. Al fin entendía lo que es poseer la realidad, otra, distinta, necesaria.

dónde

No sé dónde se guardan los secretos. O en que lugar expresar un impulso incontenible de correr desaforada, desvestida, despeinada. Tampoco dónde queda el campo verde de espigas y pajas y pastos altos donde revolcarme al fin. Dicen que el universo contiene bosques donde acechan fuerzas sobtenaturales. Y también que existen lugares por los que corren caballos montados en pelo por mujeres de crines largas. Hay rincones donde conjurar hadas y hasta cuevas donde habitan bestias que se alimentan de la ira. ¿Y las montañas que se escalan con la promesa de saberes iniciáticos? ¿Y la choza donde beber la sangre tibia de animales recién nacidos y ser bruta, sucia y maleducada?  ¿Y los caminos que muestran las estrellas? No veo, no llego, no encuentro ninguno de estos lugares en el mundo que vivo, así que concluyo, naturalmente: estoy perdida.

la nube

​Ya no le escribo porque hacerlo me recuerda todo lo que no hago que digo que quiero. Tuve un pensamiento en el aire, de los que habitan por arriba de las nubes. Es que espero que no se muera, que todavía no escribí un libro para regalarle esta navidad. Qué egoísta de mi parte mantenerlo vivo hasta que yo me case conmigo y broten trazos o palabras como hoy brota leche de mi pecho. Ya dije esto una vez. Por ahora solo soy la novia infiel a la promesa de buscar la verdad. La verdad, cuando se mira hacia arriba, se ven nubes, pájaros y misterios como este pensamiento.

tucumán II

Cuando el cuerpo viaja más rápido que el alma, algo se queda atrás. Así sea que en el cielo, el viaje se sienta liviano y reparador como un paseo por las nubes. Aunque la visión de la tierra deje saberes secretos escondidos en el alma. Si el cuerpo viaja más rápido, ella no estará ahí para impresionarse. Algo se pierde. Ni siquiera cuando los ojos de un extraño nos supliquen un gesto de conexión o contención. Lo siento, señor, la empatía no viaja conmigo. Y peor todavía es cuando el alma viene llegando y los hijos piden leche, besos, alimento al cuerpo que ya está con ellos. Y algo falta. Porque cuando el cuerpo viaja más rápido que el alma, repito, hay algo, puede ser el alma misma o el espíritu, que se pierde en el camino.

despacio

tucumán I

Ella es un fantasma que anda por los cielos tucumanos a la madrugada. Todo lo que no esté durmiendo a las tres de la mañana lo es. A pesar de que fue unas veinticinco veces, no conoce Tucumán. Para una azafata el destino es sinónimo de comprar empanadas con descuento en el aeropuerto y aguantar el olor a cloaca que emanan los ingenios azucareros de la zona, que cubren los cielos de niebla, mientras bajan y suben unas doscientas personas del avión. Lo bueno de ese vuelo es que a una señora se le había muerto el marido en Buenos Aires, así que viajaba, por primera vez, desde Tucumán para el velorio. Se descompuso en el camino por toda la situación, así que hubo que atenderla. La mujer tenía la cara como la tierra seca y los ojos más ausentes que habia visto. La mirada del que no desea nada más. Fue bueno porque pudo cuidarla, acariciarla, y en ese gesto sentir la muerte en la mano, como un hormigueo frío que quita la sensibilidad y se pierde. Eso le dio más vida que todas las cocacolas sonreídas desde el principio de los tiempos. Pequeños instantes de conexión con el otro, lo otro, lo que sea que hay ahí, así fuera la naturaleza de la muerte, que es más fuerte que toda la destrucción junta.

te

Quien quiera que seas, te extraño. Pelo desconocido, piel ajena, nuevo aliento. Quiero lo que no se y no veo.

la

Una mano que baila sobre otra por los caminos de huesos y venas, protuberan. Avanza llevada por la muñeca y la vestimenta no la frena. Ella piensa que de pensar no es momento. Le vienen los flashes de arena entre los dedos, entre los pelos. Arena que se escurre llevada por el viento y chisporrotea en el fuego. Chispas al alba, ahí nomás, cerca de la espuma y la sal que se acumula en la orilla. El oleaje acompaña los tambores. Quiere mirar si alguien más percibe el movimiento de su cadera. Pero la empuja la de atrás si lo interrumpe. Se desbalancea si frena. El pulso se acelera y anticipa una prueba para sus pies, como si fueran ajenos, movidos por olas invisibles, irresistibles. Marioneta de los tambores, da pasos rítmicos y elásticos mientras la luz descubre la bruma, la espuma ahora brilla, cristales de sal en el vello. Son rojos los pasos que llegan al mar, de brasas, de sangre que baja y se disuelve, al fin, en el agua salada.

Create a free website or blog at WordPress.com.

Up ↑