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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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Diez líneas por día. Diez días. Intento ser ordenada y metódica con propuestas de este tipo. Me miento como si fuera nueva adentro mio. Debo serlo. Porque hoy soy la que promete, pero más la que desea en secreto que se cumpla. A la tercera línea ya pienso en un río fuera de cauce, destruyendo la valiosa armonía de sus curvas y contracurvas. Cortinas de madera, bosques, discos, humedades frías, los astros o las fábricas de espuma. Mi abuela. Tenía las axilas gordas – llenas de tejido mamario, me explicó. Una condición que la acercaba más a los animales mamíferos, como si le hubiera faltado un paso en la evolución a ser humana. Tenías más tetas que una mujer pero menos que una loba, por ejemplo. Se las descubrí mientras la llevaba en camisón al baño, cuando ya no podía ir sola, mientras trataba de que termine alguna de todas las historias que me contaba. No me importaba que fueran verdaderas; quería conocerla por lo que vivió o lo que imaginó. En la pubertad descubrí que heredé sus axilas, también su imaginación descarriada. Alguna animalidad nubla mi razonamiento y me permite recordarla teniendo ganas de hacer pis, y apurarme en terminar estas diez líneas para al fin dejar que el río desborde.

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Paisaje sin nombre

El frío o la oscuridad retrasan la búsqueda.  Hola yo. Dónde, yo. Alguien suspira, se encharca, se hunde en el barro. Sin yo. Una mano guarda todavía calores inútiles para un pantano. Huellas frescas emanan vapores. Apenas vislumbro el rocío en las hojas. Quien liba es algún otro. O yo soy.

dónde

No sé dónde se guardan los secretos. O en que lugar expresar un impulso incontenible de correr desaforada, desvestida, despeinada. Tampoco dónde queda el campo verde de espigas y pajas y pastos altos donde revolcarme al fin. Dicen que el universo contiene bosques donde acechan fuerzas sobtenaturales. Y también que existen lugares por los que corren caballos montados en pelo por mujeres de crines largas. Hay rincones donde conjurar hadas y hasta cuevas donde habitan bestias que se alimentan de la ira. ¿Y las montañas que se escalan con la promesa de saberes iniciáticos? ¿Y la choza donde beber la sangre tibia de animales recién nacidos y ser bruta, sucia y maleducada?  ¿Y los caminos que muestran las estrellas? No veo, no llego, no encuentro ninguno de estos lugares en el mundo que vivo, así que concluyo, naturalmente: estoy perdida.

la nube

​Ya no le escribo porque hacerlo me recuerda todo lo que no hago que digo que quiero. Tuve un pensamiento en el aire, de los que habitan por arriba de las nubes. Es que espero que no se muera, que todavía no escribí un libro para regalarle esta navidad. Qué egoísta de mi parte mantenerlo vivo hasta que yo me case conmigo y broten trazos o palabras como hoy brota leche de mi pecho. Ya dije esto una vez. Por ahora solo soy la novia infiel a la promesa de buscar la verdad. La verdad, cuando se mira hacia arriba, se ven nubes, pájaros y misterios como este pensamiento.

despacio

te

Quien quiera que seas, te extraño. Pelo desconocido, piel ajena, nuevo aliento. Quiero lo que no se y no veo.

la

Una mano que baila sobre otra por los caminos de huesos y venas, protuberan. Avanza llevada por la muñeca y la vestimenta no la frena. Ella piensa que de pensar no es momento. Le vienen los flashes de arena entre los dedos, entre los pelos. Arena que se escurre llevada por el viento y chisporrotea en el fuego. Chispas al alba, ahí nomás, cerca de la espuma y la sal que se acumula en la orilla. El oleaje acompaña los tambores. Quiere mirar si alguien más percibe el movimiento de su cadera. Pero la empuja la de atrás si lo interrumpe. Se desbalancea si frena. El pulso se acelera y anticipa una prueba para sus pies, como si fueran ajenos, movidos por olas invisibles, irresistibles. Marioneta de los tambores, da pasos rítmicos y elásticos mientras la luz descubre la bruma, la espuma ahora brilla, cristales de sal en el vello. Son rojos los pasos que llegan al mar, de brasas, de sangre que baja y se disuelve, al fin, en el agua salada.

qué

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“esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos margaritas
¿por qué?
¿por qué qué?
¿por qué grita esa mujer?”

Se te ve bien me dijiste. 

Serán mis flores, pienso. 

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