Diez líneas por día. Diez días. Intento ser ordenada y metódica con propuestas de este tipo. Me miento como si fuera nueva adentro mio. Debo serlo. Porque hoy soy la que promete, pero más la que desea en secreto que se cumpla. A la tercera línea ya pienso en un río fuera de cauce, destruyendo la valiosa armonía de sus curvas y contracurvas. Cortinas de madera, bosques, discos, humedades frías, los astros o las fábricas de espuma. Mi abuela. Tenía las axilas gordas – llenas de tejido mamario, me explicó. Una condición que la acercaba más a los animales mamíferos, como si le hubiera faltado un paso en la evolución a ser humana. Tenías más tetas que una mujer pero menos que una loba, por ejemplo. Se las descubrí mientras la llevaba en camisón al baño, cuando ya no podía ir sola, mientras trataba de que termine alguna de todas las historias que me contaba. No me importaba que fueran verdaderas; quería conocerla por lo que vivió o lo que imaginó. En la pubertad descubrí que heredé sus axilas, también su imaginación descarriada. Alguna animalidad nubla mi razonamiento y me permite recordarla teniendo ganas de hacer pis, y apurarme en terminar estas diez líneas para al fin dejar que el río desborde.