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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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avion

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tucumán I

Ella es un fantasma que anda por los cielos tucumanos a la madrugada. Todo lo que no esté durmiendo a las tres de la mañana lo es. A pesar de que fue unas veinticinco veces, no conoce Tucumán. Para una azafata el destino es sinónimo de comprar empanadas con descuento en el aeropuerto y aguantar el olor a cloaca que emanan los ingenios azucareros de la zona, que cubren los cielos de niebla, mientras bajan y suben unas doscientas personas del avión. Lo bueno de ese vuelo es que a una señora se le había muerto el marido en Buenos Aires, así que viajaba, por primera vez, desde Tucumán para el velorio. Se descompuso en el camino por toda la situación, así que hubo que atenderla. La mujer tenía la cara como la tierra seca y los ojos más ausentes que habia visto. La mirada del que no desea nada más. Fue bueno porque pudo cuidarla, acariciarla, y en ese gesto sentir la muerte en la mano, como un hormigueo frío que quita la sensibilidad y se pierde. Eso le dio más vida que todas las cocacolas sonreídas desde el principio de los tiempos. Pequeños instantes de conexión con el otro, lo otro, lo que sea que hay ahí, así fuera la naturaleza de la muerte, que es más fuerte que toda la destrucción junta.

antes

modelo vivo

Podía decir cosas como que quiero ser un molusco y eso me servía de presentación. Hoy no. Nada. Un avión en el cielo. En el pasto verde, rojo mi pelo. Ni un recuerdo, una historia inventada, algo que hable de otros por hablar de mi. Cosas más o menos superficiales. Preguntarme cómo besaría a una mujer. Un azahar en la mano. Así huele esta indecisión.

A.

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