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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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bruja

la

Una mano que baila sobre otra por los caminos de huesos y venas, protuberan. Avanza llevada por la muñeca y la vestimenta no la frena. Ella piensa que de pensar no es momento. Le vienen los flashes de arena entre los dedos, entre los pelos. Arena que se escurre llevada por el viento y chisporrotea en el fuego. Chispas al alba, ahí nomás, cerca de la espuma y la sal que se acumula en la orilla. El oleaje acompaña los tambores. Quiere mirar si alguien más percibe el movimiento de su cadera. Pero la empuja la de atrás si lo interrumpe. Se desbalancea si frena. El pulso se acelera y anticipa una prueba para sus pies, como si fueran ajenos, movidos por olas invisibles, irresistibles. Marioneta de los tambores, da pasos rítmicos y elásticos mientras la luz descubre la bruma, la espuma ahora brilla, cristales de sal en el vello. Son rojos los pasos que llegan al mar, de brasas, de sangre que baja y se disuelve, al fin, en el agua salada.

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vuelo

Llueve. Me mojo. Corro agitada. Por la edad de hierro, por el barro. Huyo de los perros y los hombres. Una gota se detiene ante mis ojos y los veo en el reflejo: vienen a caballo. La velocidad excita la antorcha de los captores como el agua alimenta mis pasos y hace harapos en mi vestido paisano. Más rápido. Escapo del brillo del hacha y del grito de un orco. Del poder, del bruto, de la regla que sirve de vara. Me ladran y corro del fuego con que quieren abrazarme, hasta que el bosque se vuelve prado, y el prado acantilado. Ante el fin corro más fuerte y salto. La sangre de mis pies me une a la tierra un último instante. Ahora libre. Sólo yo sé dónde caigo.

A.

invierno

Hay hielo en los puertos y los cuerpos, y en el borde del agua y la tierra. Algo ruge lejos. Debe ser el interior. No sé cuándo me di vuelta y hacia afuera quedaron las venas, intestinos y otros tubos. Respiro por la superficie de los pulmones. Exhalo digestiones y otros flujos. No sé qué hacer con las uñas que tintinean adentro, entre capas de piel y pelos. Aturde todo seco. Tampoco con los huesos repartidos entre otros, entre niños y entre monos, que ya no estarán juntos. Nunca más. Como yo no seré la que he sido. Jamás. Ni esqueleto ni estructura. Soy rojo tiñendo los hielos en el borde del agua y los puertos. Flotan cuerpos. Entre muertos, una abuela se abre camino en una balsa por el río. Recoge miembros perdidos que apila en su embarcación y limpia el rocío que quedó de las partes blandas pulverizadas. Siempre igual. La navegante del pantano nunca deja de cantar esa canción. Algo distinto tendrá que hacer esta vez para que brote lo nuevo al ritmo de su tambor.

A.

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