Cuando el cuerpo viaja más rápido que el alma, algo se queda atrás. Así sea que en el cielo, el viaje se sienta liviano y reparador como un paseo por las nubes. Aunque la visión de la tierra deje saberes secretos escondidos en el alma. Si el cuerpo viaja más rápido, ella no estará ahí para impresionarse. Algo se pierde. Ni siquiera cuando los ojos de un extraño nos supliquen un gesto de conexión o contención. Lo siento, señor, la empatía no viaja conmigo. Y peor todavía es cuando el alma viene llegando y los hijos piden leche, besos, alimento al cuerpo que ya está con ellos. Y algo falta. Porque cuando el cuerpo viaja más rápido que el alma, repito, hay algo, puede ser el alma misma o el espíritu, que se pierde en el camino.