Una mano que baila sobre otra por los caminos de huesos y venas, protuberan. Avanza llevada por la muñeca y la vestimenta no la frena. Ella piensa que de pensar no es momento. Le vienen los flashes de arena entre los dedos, entre los pelos. Arena que se escurre llevada por el viento y chisporrotea en el fuego. Chispas al alba, ahí nomás, cerca de la espuma y la sal que se acumula en la orilla. El oleaje acompaña los tambores. Quiere mirar si alguien más percibe el movimiento de su cadera. Pero la empuja la de atrás si lo interrumpe. Se desbalancea si frena. El pulso se acelera y anticipa una prueba para sus pies, como si fueran ajenos, movidos por olas invisibles, irresistibles. Marioneta de los tambores, da pasos rítmicos y elásticos mientras la luz descubre la bruma, la espuma ahora brilla, cristales de sal en el vello. Son rojos los pasos que llegan al mar, de brasas, de sangre que baja y se disuelve, al fin, en el agua salada.