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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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jardin

6/10

Te alzo hijito, sí. Esclava de tus ojos vidriosos. Se acumulan las preguntas en el lugar de lo indecible. No hay palabras que habiten tan hondo. Te alzo, sí, ama de tu llanto. Camino. Mezco. Canto. Goteo. Blanco, rojo, invisible. Sangro. Brotan delicias a mi paso que habitan en la distancia innombrable entre nuestras pieles. Jardines a mis pies, que no llego a ver. Ando y la tierra me chupa humedades. Ando y tus lágrimas secan. Todo sea por las flores, dicen, por los colores que ves sobre mi hombro. Llego al árbol que guarda el cofre en sus raíces. Soy la madre que se entierra y la hija que se pare a sí misma. Te acuno, hijita, de nuevo. Que tanto andar el camino al árbol quizás no muera la próxima y en cambio encuentre un tesoro. O de tanto caminar pueda marcar un cauce y el río al fin fluya.

 

 

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2/10

Las malezas serían plantas que nadie puso ahí donde crecen. No obedecen. No gustan. Se las suele arrancar, cortar o envenenar para permitir que otras plantas, estas sí puestas por alguien, desarrollen sus flores y formas atractivas. Son fuertes, espontáneas, crecen en el momento justo y mueren también. Tienen flores, semillas y hojas, hasta tallos y raíces. Atraen y alojan pájaros y bichos. Igual que otras plantas que no son consideradas malas hierbas. Lo se porque mi jardín está poblado de ellas. Nunca pensé en matarlas. Más bien observarlas. Admiré cómo se regulan y respetan unas a otras. Empecé a saludarlas. Una día las acaricié. Otro las olí. Luego las mastiqué y refregué en los almohadones, las usé de baño y de cama. Descubrí sus propiedades y deseos de luz. Se fueron apoderando de grietas y agujeros profundos. Hasta que empezaron a crecer desde adentro. Y la desaparición de las flores y formas conocidas esparció las semillas de un renacimiento. Comprendí que porque no obedecen, no gustan. Podría haberlas incendiado para que el jardín agrade y crezca cuidadosamente planificado. Entonces no tendría esta selva de sabiduría invisible.

 

madre pero hija

Haber sido madre siendo niña, cuando todavía giraba hasta no poder enfocar los ojos, y caía sin equilibrio en el pasto, mullido y frío, mientras el sol en la cara me devolvía el control de mi cuerpo, tirada en el jardín, de donde sacaba hojas y flores para rehogar en agua de la pileta y convidar manjares llenos de ingredientes imaginarios como la tierra que espolvoreaba última. Masticar polvo y girar eternamente a la par de los hijos hasta convertirme en la madre y así alimentar con sabores secretos; girar para siempre y comer tierra hasta volverme niña y así nunca dejar de besar a la madre.

A.

 

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