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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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madre

6/10

Te alzo hijito, sí. Esclava de tus ojos vidriosos. Se acumulan las preguntas en el lugar de lo indecible. No hay palabras que habiten tan hondo. Te alzo, sí, ama de tu llanto. Camino. Mezco. Canto. Goteo. Blanco, rojo, invisible. Sangro. Brotan delicias a mi paso que habitan en la distancia innombrable entre nuestras pieles. Jardines a mis pies, que no llego a ver. Ando y la tierra me chupa humedades. Ando y tus lágrimas secan. Todo sea por las flores, dicen, por los colores que ves sobre mi hombro. Llego al árbol que guarda el cofre en sus raíces. Soy la madre que se entierra y la hija que se pare a sí misma. Te acuno, hijita, de nuevo. Que tanto andar el camino al árbol quizás no muera la próxima y en cambio encuentre un tesoro. O de tanto caminar pueda marcar un cauce y el río al fin fluya.

 

 

profesores I

No se de qué habla una escritora cuando dice que crear no es imaginación, es poseer la realidad. En la facultad, una profesora de literatura habló de ese texto, y después se refirió a la frivolidad grasosa con que esa misma escritora llenaba una página hablando de la belleza de un florero. Y a mi me conmovió. No tanto lo que decía, sino esa mujer diminuta  y movilizada por una flor escrita que era mi profesora. Yo la admiraba porque venía a dar clases sin corpiño y con una línea marrón dibujada sobre los ojos. Pasaba horas – toda su clase – tratando de descifrar qué expresión habría querido darse ese día con el maquillaje, lo que resultaba una estrategia perfecta para distraer a los alumnos del detalle de la ausencia de corpiño. Porque no era yo la única que notaba que de su cuerpo cilíndrico y corto protuberaban brazos y apenas pezones que, arriesgo, eran de madre. Todos seguíamos las líneas imaginarias que éstos trazaban con cada movimiento, mientras desplegaba un abanico de posiciones sobre el escritorio, de incomodidad obvia para una lectura y una clase poblada de universitarios. Era alegre y no podia esconder el gozo que le daban las cosas ridículamente intelectuales. Años más tarde la encontré tomando café. Me invitó a sentarme con ella. Charlamos con fluidez sorpresiva. Noté que la línea sobre sus ojos había cambiado de color; ahora era azul. Y que yo había pasado toda la hora queriendo integrar esa línea con su cara, buscando una armonía que no iba a llegar. En un momento en que la charla abrió alguna puerta escondida, yo no aguanté más. Pedí permiso y estiré el brazo para tratar de borrar la línea azul con el dedo. Ella agradeció con alivio y docilidad. Yo terminé mostrándole que mis pezones, como los de ella, eran de madre. Compartimos también otras huellas de los hijos en el cuerpo y tantas lecturas, de ahí en más. Al fin entendía lo que es poseer la realidad, otra, distinta, necesaria.

círculo 

Qué se yo por qué renazco. Puede ser por la estación o por el sol que insiste en volver cada día. Hay algo en los ojos de los hijos a la mañana, que traen sabiduría de las estrellas. Hay un comienzo en cada inspiración, al sacar la basura, y especialmente cuando lustro la pava. Algo nuevo empieza. Como cuando paso a usar los libros como bloques y los ordeno por color y tamaño, ya no por autor o tema. Paso un trapo al estante y me vuelvo a encontrar con una carta que ya había vuelto a esconder, y vuelvo a no leer porque sé dónde me vuelve a llevar. Está escrita con mi letra. ¿Cuantas veces estuve en ese lugar? Tantas como las muertes necesarias y los sorprendentes nacimientos que cuento. Ya morí cuando nací – le conté a mi madre cuando pude hablar. Ya morí en la ultima espiración. Ahora solo siento el dolor de los huesos brotando en la tierra, o quizás sea el vacío hasta la próxima inhalación o una flor naciéndome del polvo acumulado en cada ángulo. Así que cuándo renazca, que se yo. Lo sabré cuando mi cuerpo, mi casa, la mugre, los libros, la luna, o el peso del día en los ojos de los hijos me pidan volver a morir. O a dormir. O poner un lavarropas. O un suspiro.

A.

madre pero hija

Haber sido madre siendo niña, cuando todavía giraba hasta no poder enfocar los ojos, y caía sin equilibrio en el pasto, mullido y frío, mientras el sol en la cara me devolvía el control de mi cuerpo, tirada en el jardín, de donde sacaba hojas y flores para rehogar en agua de la pileta y convidar manjares llenos de ingredientes imaginarios como la tierra que espolvoreaba última. Masticar polvo y girar eternamente a la par de los hijos hasta convertirme en la madre y así alimentar con sabores secretos; girar para siempre y comer tierra hasta volverme niña y así nunca dejar de besar a la madre.

A.

 

hoy

Chupar la sabia del presente
Ser madre
Habitar la selva
Ser néctar de todos los días
Ser madreselva

A.

aguamadre

A la mar

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