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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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muerte

tucumán I

Ella es un fantasma que anda por los cielos tucumanos a la madrugada. Todo lo que no esté durmiendo a las tres de la mañana lo es. A pesar de que fue unas veinticinco veces, no conoce Tucumán. Para una azafata el destino es sinónimo de comprar empanadas con descuento en el aeropuerto y aguantar el olor a cloaca que emanan los ingenios azucareros de la zona, que cubren los cielos de niebla, mientras bajan y suben unas doscientas personas del avión. Lo bueno de ese vuelo es que a una señora se le había muerto el marido en Buenos Aires, así que viajaba, por primera vez, desde Tucumán para el velorio. Se descompuso en el camino por toda la situación, así que hubo que atenderla. La mujer tenía la cara como la tierra seca y los ojos más ausentes que habia visto. La mirada del que no desea nada más. Fue bueno porque pudo cuidarla, acariciarla, y en ese gesto sentir la muerte en la mano, como un hormigueo frío que quita la sensibilidad y se pierde. Eso le dio más vida que todas las cocacolas sonreídas desde el principio de los tiempos. Pequeños instantes de conexión con el otro, lo otro, lo que sea que hay ahí, así fuera la naturaleza de la muerte, que es más fuerte que toda la destrucción junta.

círculo 

Qué se yo por qué renazco. Puede ser por la estación o por el sol que insiste en volver cada día. Hay algo en los ojos de los hijos a la mañana, que traen sabiduría de las estrellas. Hay un comienzo en cada inspiración, al sacar la basura, y especialmente cuando lustro la pava. Algo nuevo empieza. Como cuando paso a usar los libros como bloques y los ordeno por color y tamaño, ya no por autor o tema. Paso un trapo al estante y me vuelvo a encontrar con una carta que ya había vuelto a esconder, y vuelvo a no leer porque sé dónde me vuelve a llevar. Está escrita con mi letra. ¿Cuantas veces estuve en ese lugar? Tantas como las muertes necesarias y los sorprendentes nacimientos que cuento. Ya morí cuando nací – le conté a mi madre cuando pude hablar. Ya morí en la ultima espiración. Ahora solo siento el dolor de los huesos brotando en la tierra, o quizás sea el vacío hasta la próxima inhalación o una flor naciéndome del polvo acumulado en cada ángulo. Así que cuándo renazca, que se yo. Lo sabré cuando mi cuerpo, mi casa, la mugre, los libros, la luna, o el peso del día en los ojos de los hijos me pidan volver a morir. O a dormir. O poner un lavarropas. O un suspiro.

A.

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