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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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sangre

6/10

Te alzo hijito, sí. Esclava de tus ojos vidriosos. Se acumulan las preguntas en el lugar de lo indecible. No hay palabras que habiten tan hondo. Te alzo, sí, ama de tu llanto. Camino. Mezco. Canto. Goteo. Blanco, rojo, invisible. Sangro. Brotan delicias a mi paso que habitan en la distancia innombrable entre nuestras pieles. Jardines a mis pies, que no llego a ver. Ando y la tierra me chupa humedades. Ando y tus lágrimas secan. Todo sea por las flores, dicen, por los colores que ves sobre mi hombro. Llego al árbol que guarda el cofre en sus raíces. Soy la madre que se entierra y la hija que se pare a sí misma. Te acuno, hijita, de nuevo. Que tanto andar el camino al árbol quizás no muera la próxima y en cambio encuentre un tesoro. O de tanto caminar pueda marcar un cauce y el río al fin fluya.

 

 

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4/10

1/7. Barro. Sangre. Raíces. Luna. Una figura velada por su propia niebla va regando el pantano con babas rojas. Suspiros incompletos. Telas ondulan sin viento. Gris, carmín es el ocaso donde se prolonga la pena. Ni siquiera un ritmo se oye. Ni un silencio, siquiera.

4/7. Que el silencio me traiga una palabra. Que la tortilla no se queme. A guardar los autos. El que pega se va afuera. Cómo cierro esta historia. Sí, toco la guitarra. Sí, hago una leche. El que muerde sale. Hagamos un paseo. La que escribe queda. Quiero un final. Quién toma agua. El amor por los hijos huele a cebolla en las manos. Dónde estás ocaso. Sí, cómanse mis manos que mi corazón ya lo tienen. Necesito un final. Que no sea sólo juntar frases tiradas y rotas por toda la casa para acabar tipeando con la cara.

 

invierno

Hay hielo en los puertos y los cuerpos, y en el borde del agua y la tierra. Algo ruge lejos. Debe ser el interior. No sé cuándo me di vuelta y hacia afuera quedaron las venas, intestinos y otros tubos. Respiro por la superficie de los pulmones. Exhalo digestiones y otros flujos. No sé qué hacer con las uñas que tintinean adentro, entre capas de piel y pelos. Aturde todo seco. Tampoco con los huesos repartidos entre otros, entre niños y entre monos, que ya no estarán juntos. Nunca más. Como yo no seré la que he sido. Jamás. Ni esqueleto ni estructura. Soy rojo tiñendo los hielos en el borde del agua y los puertos. Flotan cuerpos. Entre muertos, una abuela se abre camino en una balsa por el río. Recoge miembros perdidos que apila en su embarcación y limpia el rocío que quedó de las partes blandas pulverizadas. Siempre igual. La navegante del pantano nunca deja de cantar esa canción. Algo distinto tendrá que hacer esta vez para que brote lo nuevo al ritmo de su tambor.

A.

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