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ROJOTIERRA

son los pasos de mujer cuando la sangre baja a los pies y se hace amor de las raíces por el agua

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tierra

3/10

hay piedras en el río. un cauce desviado. una curva cerrada, un árbol en la orilla. mis dedos flotan en el aire. se mueven por caminos invisibles que van en una dirección pero no en otra. hay intenciones, correspondencias, conclusiones. flores secas en los aviones. un sueño, una palabra olvidada en medio de la noche. por algo una estrella llama mi atención y las hojas de la acacia no dejan de llover sobre mis manos. oro escurre entre los dedos. la pregunta en presente. ¿cuántos años hace que siento? dudo. miro al cielo. llevo raíces  y cicatrices. ¿a quién pertenezco? por algo el corazón late más fuerte. por algo, también, cayó esa última gota y el océano rebalsó justo a tiempo.

círculo 

Qué se yo por qué renazco. Puede ser por la estación o por el sol que insiste en volver cada día. Hay algo en los ojos de los hijos a la mañana, que traen sabiduría de las estrellas. Hay un comienzo en cada inspiración, al sacar la basura, y especialmente cuando lustro la pava. Algo nuevo empieza. Como cuando paso a usar los libros como bloques y los ordeno por color y tamaño, ya no por autor o tema. Paso un trapo al estante y me vuelvo a encontrar con una carta que ya había vuelto a esconder, y vuelvo a no leer porque sé dónde me vuelve a llevar. Está escrita con mi letra. ¿Cuantas veces estuve en ese lugar? Tantas como las muertes necesarias y los sorprendentes nacimientos que cuento. Ya morí cuando nací – le conté a mi madre cuando pude hablar. Ya morí en la ultima espiración. Ahora solo siento el dolor de los huesos brotando en la tierra, o quizás sea el vacío hasta la próxima inhalación o una flor naciéndome del polvo acumulado en cada ángulo. Así que cuándo renazca, que se yo. Lo sabré cuando mi cuerpo, mi casa, la mugre, los libros, la luna, o el peso del día en los ojos de los hijos me pidan volver a morir. O a dormir. O poner un lavarropas. O un suspiro.

A.

madre pero hija

Haber sido madre siendo niña, cuando todavía giraba hasta no poder enfocar los ojos, y caía sin equilibrio en el pasto, mullido y frío, mientras el sol en la cara me devolvía el control de mi cuerpo, tirada en el jardín, de donde sacaba hojas y flores para rehogar en agua de la pileta y convidar manjares llenos de ingredientes imaginarios como la tierra que espolvoreaba última. Masticar polvo y girar eternamente a la par de los hijos hasta convertirme en la madre y así alimentar con sabores secretos; girar para siempre y comer tierra hasta volverme niña y así nunca dejar de besar a la madre.

A.

 

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